(Rescatado)
Fruto de la relación entre una madre de familia marxista y un padre de orígenes ligados a la vereda contraria, desde muy chico comprendí que hablar de política y religión en la mesa de té club era una soberana estupidez. Me piso la cola, es cierto, porque durante años lo hice con el gran y único fin de meterles un ají en el culo a los viejos odiosos que por siglos creyeron tener la razón sobre lo que era mejor para el mundo, pero que se quedaron en el mero idealismo.
Hoy, con un cierto grado de madurez y años de trabajo en el laboratorio de críticas sociales, pienso que hablar o mezclar la política con la realidad es el peor error que se puede cometer porque vulnera la práctica del libre albedrío, de ese magno regalo que significa el sólo hecho de poder pensar distinto al sujeto que se nos sienta al lado en la micro, la iglesia, el cine o el topless.
Esta reflexión me asoma con fuerza en el momento actual que vive Chile. Ya son meses, semanas y días escuchando a viejos cobardes –pero justamente traumatizados- que resaltan las similitudes del acontecer actual con los años cercanos al 73, y a pendejos insoportablemente incultos que hablan de Pinochet, Allende, el almirante Merino, Fulano, Zutano y Merengano, como si alguna vez hubiesen aprendido algo de ellos por iniciativa propia.
Digo esto porque el tema de fondo que estamos tratando en este momento, como país, no nace con Pinochet ni se sustenta en los 20 años en que la Concertación no movió un dedo. El verdadero tema a tratar nace con la oportunidad que se nos presenta para construir una sociedad más justa e igualitaria para todos. De esta forma, si encausamos en la búsqueda de quién tuvo la culpa o quién fue el idiota que ideó la LOSE, estamos banalizando un movimiento que pelea por causas realmente justas.
En estos momentos no importa lo que se diga Hinzpeter con Jackson, Larraín con “la manga de subversivos”, o el ministro Longueira con el espíritu de Jaime Guzmán. Aquí lo que importa es no caer bajo. Es tomarle el peso a que en este país se viven, en este momento, cientos de desigualdades que vulnerarán en el corto plazo el derecho de nuestros hijos y nietos de crecer en una sociedad más justa.

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